APRENDIENDO A ESCRIBIR

En aquel lugar abandonado

Imagen generada vía Le Chat (Mistral AI)

En aquel lugar abandonado
En aquel lugar abandonado Juan A. Sánchez

Allá por donde discurre la vieja carretera comarcal hoy prácticamente en desuso, salvo por algún ciclista dominguero y algún que otro jubilado de paseo vespertino de los escasos habitantes del lugar.

En aquel pueblo, antaño floreciente villa rural, conviven un insospechado buen número de abuelos con poco más de medio centenar de jóvenes que consiguen su sustento con lo poco que logran sea rentable en el campo y algún modesto emprendimiento. Alguno, superviviente heredado de tiempos mejores.

Algunos más sólo residen allí nominalmente, en los papeles del ayuntamiento, ya que entre semana dormitan en algún apartamento de la capital provinciana donde hubieron de marcharse, o sus padres antes que ellos, a labrarse un futuro que por más que intentaron, no pudieron lograr en el lugar que siguen considerando su hogar.

Unos pocos incluso, un puñadito de ellos, incluso habían tenido que marchar más lejos, algunos incluso donde hablaban otra lengua. Tan lejos que no podían figurar, a su pesar, en el engordado padrón municipal. Y si además habían formado familia por ahí fuera, a duras penas volvían un par de semanas en verano, quizá, con mucha suerte, un fin de semana largo, o para romería. Los que podían. Todo para probarse a sí mismos que no se habían vuelto forasteros, lo que no todos conseguían.

Un hermoso pueblo cuyos habitantes se empeñaban en que así siguiese siendo. Más que digno. Un esfuerzo común, encabezado por el municipio, fuera quien fuese el «mandamás» en el pleno por unos años. Aunque mandar, mandaba poco, la verdad. Fuera quien fuese, se encargaba de que las menguadas arcas públicas se estirasen cuanto fuera menester para no quedar atrás de sus vecinos y sus expectativas.

Pero el abandono de muchas de las otrora majestuosas viviendas comenzaba a dejar huella y a causar algún pequeño estropicio, aún leve, a los vecinos de uno u otro lado. No así atrás porque todas las casas, sin excepción alguna, tenían ahí un viejo corral que daba a un callejón sin nombre, donde en otro tiempo convivían algunas gallinas, algún burro y un par de cochinos. Hoy sirven de huerto o de jardín donde dormitar la siesta veraniega, los que tienen la suerte de tenerlo sombreado. O para que reposen los «cuatro latas» y «dos caballos» que todavía se resisten a desaparecer por estos lugares.

Por la escasa altura de las casas sólo sobresalen la vacía tercera planta de la cámara municipal y la torre del reloj de la iglesia, cuyas campanadas continúan marcando el ritmo de vida local. Por debajo, apenas sobresalen las chimeneas que perfuman las calles cuando llega el frío y las antenas que comunican a los habitantes con el mundo exterior, antaño con la televisión, hoy con internet.

¡Quién volviera! Dicen muchos de sus hijos desperdigados por el mundo.

¡Quién se pudiera quedar! Dicen los resignados que ven cada vez más mermadas sus posibilidades de poder hacerlo.

¡Ah! Si volviesen los viejos tiempos, suspiran los más veteranos.

¡Ah! Si lográsemos hacer que el futuro vuelva a ser prometedor, suspiran los jóvenes.

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Juan A. Sánchez

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