APRENDIENDO A ESCRIBIR

Toda una vida

Imagen generada vía Gemini

Toda una vida
Toda una vida Juan A. Sánchez

Los últimos hermanos entraron en la parroquia y se fueron distribuyendo donde podían en la oscuridad del templo, iluminado únicamente por los cirios que, en el altar mayor, iluminaban al Señor de la Columna, que aguardaba a que se recogiese la procesión extraordinaria de la Virgen.

Desde el exterior entraba tenue la luz de la candelería del paso de palio, que empezaba a revirar izquierda alante, derecha atrás, para volver a la Virgen del Amparo hacia los devotos que la venían acompañando desde la Catedral, donde don Honorio, el obispo diocesano, la había coronado canónicamente.

Habían sido casi nueve horas de camino —tres más de lo que empleaban desde el mismo lugar cada Jueves Santo en su Estación de Penitencia— desde que una salva de cohetes saludase a la venerada imagen del barrio del Arrabal al asomar al dintel de la puerta principal del templo catedralicio. Aunque fuera un poco lejos, ese día sería recordado por los vecinos como histórico en el barrio.

Y es que había sido todo un día cargado de emociones para todos ellos, los presentes y los antiguos que volvían a su antiguo hogar cuando su Hermandad los convocaba. Y aquel día no iba a ser menos. Tras años de preparativos, formación e ilusión, su reina lucía en sus sienes el fruto del trabajo de todos y cada uno de ellos; cada uno había aportado lo que había podido, sin importar si era mucho o poco, porque el esfuerzo de todos contaba. Y para don Eduardo, el hermano número uno de la corporación, no había sido diferente.

 «El número uno, como él mismo siempre precisaba siempre riendo, sólo porque soy el más viejo». Y así er, con 87 primaveras a sus espaldas. Por los ojos del venerable anciano habían pasado todos y cada uno de los acontecimientos de la historia de su querida hermandad, desde que un grupo de devotos de la parroquia del recién nacido barrio del Arrabal, entre los que estaban sus padres, empezaran a idear cómo sacar a la venerada imagen del Señor de la Columna en procesión de Vía Crucis la tarde del Viernes de Dolores, último de la Cuaresma, que aquel año coincidía con el séptimo cumpleaños del pequeño Eduardo.

Aquel día, cambió el chocolate con churros al que sus padres solían convidar a los amigos de Eduardo por un cirio que aceptó a regañadientes entonces, para ponerse al principio de la corta fila de devotos que abrió camino al Señor aquella tarde por algunas calles cercanas a la iglesia.

Don Eduardo cruzó el umbral de la parroquia recordando aquel primer día acompañando a lo que sería su Hermandad, esbozando una sonrisa y tratando de aflojarse el nudo de la corbata, como aquel primer día cuando creía que su madre no le miraba. Pero, cuando se creía a salvo, siempre aparecía ella para reñirle:

—Eduardo, hijo. Te he dicho que no te quites la corbata.
—Es que me aprieta, mamá.
—Mira a tu padre y a los demás —le reñía cariñosamente mientras se la colocaba bien de nuevo—. Ya eres todo un hombrecito.
—Sí, mamá —respondía el pequeño Eduardo resignado.

Iba en estos pensamientos cuando entró en la capilla del Sagrario, como hacía siempre que entraba en una iglesia, y se sentó además de por devoción, por cansancio. Pero le había merecido la pena. Allí sentado, no solo descansaron sus cansados huesos, sino que también se aquietó el espíritu tras un día de tantas emociones.

«Quién me lo iba a decir, pensaba don Eduardo, que viviría este día cuando la vi por primera vez el, día que llegó del taller de Mariano Martín, “afamado escultor e imaginero”, como ponía en aquella tarjeta que papá metió en el cajón de la mesa del despachito que don Pedro, el párroco de entonces, nos cedía como secretaría de la hermandad».

Por la mente de don Eduardo empezaron a desfilar los buenos momentos que había vivido en su Hermandad, y los no tan buenos, en los que hubo que arremangarse bien para sacar la cofradía adelante; como cuando cerró la fábrica de gaseosas que empleaba a medio Arrabal y que supuso más de un verdadero quebradero de cabeza en el barrio. O como cuando años más tarde, llegó a la parroquia un nuevo cura de los «modernos» de entonces y se empeñó en echar a la hermandad de la parroquia. Casi lo consiguió, pero su cristo y las mil y una gestiones que hicieron los responsables de entonces, no permitieron que los echaran de su casa.

Pero hoy era día de recuerdos felices. Como cuando, teniendo Eduardo 10 años recién cumplidos, y en apenas dos meses desde que el obispado permitiese a la hermandad hacer Estación de Penitencia a la catedral, con una carencia casi total de medios, la cofradía se echó a la calle para su primer Jueves Santo.

«Éramos tan pocos —se sonreía don Eduardo—. Poco más de un centenar de nazarenos para acompañar a nuestro Cristo de la Columna en aquel pasito de poco más o menos, con insignias prestadas o aquellas “provisionales” hechas por Curro en lo que había sido su carpintería antes de jubilarse; y un par de banderas que cosió Lola “la del costal” entre los encargos que le llegaban a su pequeño taller de costura, en una de las cuales se colocó una vieja pintura que donó don Pedro, el antiguo cura, para que fuera la insignia concepcionista que hoy, tantos años después, ha vuelto a procesionar portada por Enrique, uno de los nietos de Lola».

Pero, de entre todos, el recuerdo más vivo en la vida de don Eduardo era el primer encuentro cara a cara con la que, desde entonces, es la virgen de su devoción: la Virgen del Amparo.

«Yo ya era un jovencito de apenas 12 años —rememoraba para sí—, y aquella tarde de otoño salí temprano del colegio. Lo recuerdo como si fuera ayer. Pasé por la puerta de la iglesia y, al girar la esquina, vi aparcada la furgoneta que Luis, el lechero, les había prestado a los de la Hermandad en la puerta que da a los salones parroquiales».

«Como sabía por mi padre adónde habían ido, me di media vuelta y entré en la iglesia. Me colé en los salones por aquel pasillo que quitaron para ampliarlos para los grupos de catequesis sin que me vieran, y allí me escondí. Los vi poner un gran cajón de madera en medio del salón, abrirlo y…»

«Y entonces mi padre me descubrió y me sacó de allí de la oreja. Todavía me duele al recordarlo —reía para sí llevándose la mano al mismo sitio—. Pero allí estaba la Virgen. La pude ver perfectamente. Tanto que me enamoró aun sin estar bendecida. Hasta hoy».

Fuera de la capilla sacramental, el murmullo de los hermanos se fue acallando poco a poco. En la calle se oían los aplausos de la gente tras la chicotá que dejó el paso frente al dintel de la puerta, con el manto ricamente bordado rozando la rampa que los costaleros deberían salvar para que su Virgen regresara a su casa.

La luz de la cera en los candelabros de cola daba una luz muy especial a los bordados del palio, mientras Paco «el chico» y Lucía, su hija, se encargaban con sus cañas de terminar de encender los pocos cirios que se habían apagado durante la maniobra de darle la vuelta al paso para que, al recogerse, la Virgen del Amparo quedase mirando al público que llenaba la plaza. Plaza que, a petición popular, llevaría desde ese día el nombre de la bendita imagen que los contemplaba.

Eduardo miraba el pausado baile de las cañas con el pabilo llameante pasar de un cirio a otro y creyó ver a Anselmo, el padre del actual mechero y abuelo de Lucía, ejercer esa misma tarea con una destreza aún por desarrollar el primer año que la cofradía, al fin, pudo sacar su paso de palio a la calle.

Le venían a la mente los recuerdos del camino de casa al templo acompañado de su mujer y sus hijos, todos vistiendo el hábito nazareno. Pero sobre todo la ilusión de Amparito, su hija pequeña, que, vestida de monaguillo, iba a estrenarse en la cofradía con cuatro años.

«Sí que ha llovido desde entonces —sonrió don Eduardo recordándolo—. Precisamente aquel primer año del palio, la cofradía no pudo echarse a la calle porque, justo a la hora que teníamos que echar la Cruz de Guía a la calle, caía una manta de agua y tuvimos que suspender la Estación de Penitencia. Pero con todo, estar allí ese día mereció la pena. Verla al fin sobre su propio paso, sabiendo que nunca más la dejaríamos atrás el Jueves Santo, fue una gran satisfacción para todos. Y dejando caer unas lágrimas, recordó. Antes de volver a casa, papá me abrazó, me felicitó por mi 46 cumpleaños, que casualmente caía en ese día, y rezamos juntos una Salve a nuestra Virgen. Fue la última vez que lo hicimos juntos».

El golpe del llamador retumbó en todo el templo y se hizo un silencio absoluto. A la voz del capataz, el paso se levantó al cielo y la calle rompió en aplausos que fueron rápidamente acallados por la propia multitud. La maniobra requería la máxima precisión y las instrucciones del capataz debían ser bien oídas por los costaleros. Ordenó «de frente» y los costaleros, dados la vuelta, empezaron a caminar lentamente, poco a poco, a través de la puerta de la parroquia que se iba iluminando gradualmente a medida que la candelería atravesaba el dintel.

Eduardo se acercó al pasillo central de la iglesia para verla mejor y fue observando todos los elementos que formaban parte del paso de palio de su cofradía. «¡Qué diferente se veía a aquel primer año en el que la Virgen no llevaba aún nada bordado! La toca la había donado la vieja Enriqueta de su velo de boda y todavía se le pone algunas veces. La peana era de madera, hecha por un hijo de Curro como pudo con las herramientas de su padre y la candelería estaba sin terminar. Eso sí, tenía flores, muchas flores. Flores por todos lados y puestas con mucho esmero para que no se notaran las carencias». Le parecía que lo estaba viendo.

«Qué poca plata se veía entonces, y aun así a todos nos parecía el mejor pasopalio del mundo, recordaba nostálgico». Y es que, viéndolo en perspectiva, hasta a él se lo seguía pareciendo después de tantos años. «¡Qué cariño le hemos puesto todos a lo largo de los años para tener la maravilla que está pasando delante de mis cansados ojos! Lo que hubiera disfrutado mamá si hubiera podido verla así».

«Cuántas rifas, casetas o concursos de cualquier cosa habremos organizado todos estos años para hacer todo esto posible, se preguntaba don Eduardo. Cuánta gente pondría una hucha en su casa o en los comercios del barrio para hacer todo esto sea hoy una realidad».

«Y todo sin dejar de echar una mano a los vecinos que lo necesitaban. Mientras más ponían en pagar los faroles de la Cruz de Guía, más dinero había para dar de comer a los ancianos del asilo de las monjas; y mientras más recaudaban para los varales del palio, más había para becar a chavales del barrio».

«Y cuando, hace diez años, nos propusimos construir, se decía don Eduardo orgulloso, una casa de acogida para madres solteras y sus bebés pensando en hacerla a largo plazo, la terminamos en tiempo récord y ahí está, funcionando a pleno rendimiento y solucionándole la vida a todas esas chicas. Hasta el señor obispo nos reconoció la labor social y nos concedió, a iniciativa propia, el decreto de coronación canónica para la virgen».

El paso seguía caminando por la nave central de la parroquia. Terminó de pasar por delante de Eduardo cuando Miguel, el capataz, lo miró y ordenó a sus hombres detenerse en lugar de continuar hasta el altar de la Virgen como era costumbre. Un brazo le pasó por detrás; era Manuela, su mujer, que lo besó quedamente. A su lado, Amparo, su hija pequeña con su pequeño vástago adormilado en brazos, aún con su traje de monaguillo.

Otra mano se posó en su hombro. Era Luis, su hijo mayor, que se había situado al otro lado de su padre con Mirian, otra de las nietas de Eduardo. Y no eran los únicos. Toda su familia rodeaba a don Eduardo, hasta Susana, que no era mucho de estas cosas, pero que ese día sintió que debía estar junto a su familia. Todos rodeaban a don Eduardo. Bueno, todos no: Roberto porque su hijo mediano, iba debajo del paso como costalero dispuesto a dar su última chicotá antes de retirarse de las trabajaderas, junto a Adolfo, el hijo mayor de este que, sin él saberlo todavía, aquella noche recogería el testigo de su padre.

Con el paso arriado, Luis lo empujó cariñosamente hacia delante para situarlo frente a su Virgen mientras el capataz volvía a tocar el llamador, advirtiendo a la cuadrilla que se iba a dar la última levantá de aquel histórico día. Se dirigió al respiradero y llamó:

—¡Adolfo!
—¡Diiime!
—Tengo aquí a don Eduardo, a tu abuelo, historia viva de nuestra hermandad. Quiero que esta levantá vaya por él y por todos los que dieron la vida entera por esta cofradía. ¡Atentos, que él va a ser quien va a llamar! ¡Toooos por igual, valientes! ¡A ESTA ES!

—¡AL CIELO! —respondieron los costaleros al unísono.

Y Luis llevó la mano de su padre al llamador para que lo golpeara y, bajo la nave principal de la parroquia, los costaleros llevaran a su virgen al cielo.

Padre e hijo se abrazaron entre lágrimas de alegría y emoción, mientras el paso reanudó su caminar y ambos comenzaron a recitar:

—Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, Vida, Dulzura y Esperanza nuestra…

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