Era Jueves Santo
Imagen generada vía Gemini
Hugo y Claudia estaban en casa de sus primos Lucas y Sara. Junto a ellos estaban sus papás, la mamá de sus primos y su primo Iván, que ya era mayor, vistiéndose con el ruan negro de los nazarenos de su hermandad. Ellos, como todavía eran pequeños, saldrían de monaguillos para ir delante del paso del Cristo de la Misericordia.
Estaban todos tan calladitos, que parecía que ya habían llegado a la capilla. Y es que su hermandad es un poco así. Tenían que estar sin decir ni mu, lo que a los niños les costaba un poco más que a los mayores, pero al menos cuando salía la cofradía los paveros, que son los nazarenos que los cuidan mientras dura la procesión, les dejaban no ir tan rígidos como a los mayores y podían dar estampitas y caramelos a los otros niños que iban a ver su cofradía.
Cuando llegaron a la iglesia, un nazareno los llevó a un banco al fondo donde podían verlo todo muy bien. Bueno, no tanto. La capilla estaba a oscuras a pesar de que todavía era de día y sólo estaban encendidas las luces del paso y los faroles del simpecado y de la cruz de guía, lo que le daba un aspecto misterioso a la capilla que al pequeño Hugo le dio un poco de miedo el año pasado, que salió la primera vez; pero Sara, su prima mayor, le ayudó a ponerse tranquilo señalándole a la Virgen de la Concepción, que a Hugo le gustaba mucho, y que estaba iluminada de un modo muy especial que le gustó todavía más.
Antes de salir, todos los nazarenos rezaban juntos casi como si fuera una misa. Es verdad que los niños, sobre todo los más pequeños, se pierden un poco; pero se portan bien todo el rato y hablan muy poquito y muy bajito entre ellos.
El pequeño Hugo quiso saber de qué estaban hablando y prestó un poco de atención, pero no entendía muy bien aquello de los que decían desde el altar de lo importante que era la oración y el testimonio cristiano, pero no lo entendía muy bien y quería que se lo explicase alguien, pero no lo conseguía:
—Oración es sujeto y predicado —le dijo su primo Lucas, aunque Lucas sabía que solo quería tomarle el pelo.
—Que hoy tenemos que rezar mucho, portarnos muy bien y estar calladitos —le respondió su hermana—, aunque esto ya lo sabía él, lo que quería saber era algo más que sabía que era muy importante, pero no sabía qué es lo que era.
Cuando llegó el momento de salir, alguien empezó a nombrar a todos los nazarenos uno a uno para que se fueran poniendo en su sitio y los niños se callaron esperando que los llamasen también a ellos y Hugo se calló, pero su cabecita no dejaba de preguntarse qué era eso del testimonio y la oración. Hasta en un momento se acercó a su padre a preguntárselo, que aún no se había puesto el capirote, y sólo le dijo:
—Cuando nos recojamos te lo explico, ¿vale, campeón? Pero Hugo quería saberlo ya y un poco a regañadientes se dejó llevar a donde estaban los demás monaguillos. Ese año, Hugo estuvo más inquieto de lo habitual.
Al fin se abrieron las puertas de la capilla y empezaron a salir los primeros nazarenos por el pasaje hasta la calle Rábida. Fue un día muy bonito en que veían a mucha gente que, no tan calladita como iban ellos, habían ido a ver su cofradía por todo el recorrido.
Pasando por la Iglesia de la Milagrosa, estaba una chica vestida de mantilla que le cantó una saeta al Cristo y una de las paveras le explicó
—Una saeta es una forma de hacer oración cantando.
Pero Hugo seguía sin entenderlo muy bien: ¿tenía él que ponerse a cantar?
La procesión siguió su camino y por el camino vio a conocidos: cerca del Gran Teatro vio a Raquel, de su cole, y le dio una estampa, y saliendo de Carrera Oficial a su vecino Pablo, un chico mayor que era costalero y que le caía muy bien. Este le ofreció un poco de agua y Hugo le preguntó qué era eso del testimonio cristiano y la oración, pero en ese momento no supo explicárselo, ni tenía tiempo porque los nazarenos empezaron a andar y Hugo tenía que seguir. También se lo preguntó a una de las Hermanas de la Cruz a las que los monaguillos se acercaron a darles estampas cuando pasaron por su iglesia. La buena monja sonrió de una manera especial, pero tampoco tenía tiempo de responderle.
Un rato después, dejando atrás la capilla de la Esperanza, donde había menos gente, Hugo vio un señor muy raro. Iba todo sucio, y también olía mal, como cuando un día, a su tío Tomás se le derramó una botella encima del mantel antes de comer y tuvo que poner uno limpio.
Algo le pasaba a ese hombre porque no andaba bien y parecía que se iba a tropezar y a caer él solo. A los demás monaguillos les debía dar un poco de miedo porque se retiraron, pero a Hugo no. Ese hombre tenía algo de misterioso y se puso delante del paso y dijo: «Ayúdame. Ayúdame, padre mío. Que yo solo no puedo». Y se marchó llorando de allí.
Al fin llegaron a la capilla todavía apagada. Los nazarenos, con la cara todavía tapada y los cirios todavía encendidos, hicieron un último rezo todos juntos, se encendieron las luces y todo se acabó. Los nazarenos se quitaron los capirotes, se saludaron unos a otros, los papás de los monaguillos se unieron a ellos para volver a casa. Hasta a su abuela Catalina la dejaron entrar en la capilla y repartió bocadillos y zumos a sus nietos, hasta al mayor que ya había podido salir de nazareno porque «son muy pequeños para aguantar hasta llegar a casa».
Los mayores se volvieron a poner los capirotes y todos juntos salieron de la capilla y Hugo vio a aquel hombre extraño que estaba solo sentado en un banco enfrente de la Milagrosa. Seguía llorando y Hugo, soltándose de su madre, le ofreció su bocadillo y su zumo.
—Toma —le dijo—, a lo mejor con esto no estás tan triste.
— Gracias —le respondió aquel hombre tomando lo que Hugo le ofrecía—. Pero a Hugo le dio mucha pena porque la mano del hombre temblaba y le parecía que tenía que estar malo.
Aquella noche debía haber pasado algo porque los nazarenos no podían hablar hasta que llegaran a casa y su madre le cogió de la mano y le dijo: «Vamos. Tenemos que ir a casa».
Y tenía que ser algo importante, porque su padre, tomándole de la otra mano, también le habló:
— ¿Te acuerdas de lo que me preguntaste en la capilla, justo antes de salir la cofradía?
—Sí —respondió el niño mirando a aquel hombre que le parecía menos triste.
—Tú solito lo has entendido muy bien —le dijo el padre apretándole suavemente la mano—. Estoy muy orgulloso de ti.
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