Herencia de Esperanza
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A Pablo le encantaba acompañar a su abuela a la capilla y oírle contar las historias que la buena señora había vivido en su hermandad de San Francisco. Y es que doña Esperanza, la abuela de Pablo, iba todos los miércoles del año hasta la capilla de la calle Padre Andivia —para ella nunca le cambiaron el nombre por el de su virgen—.
Doña Esperanza nunca faltó a su cita con su «amiga» desde que, siendo muy niña, se escapaba de su casa en el viejo Brasil o aprovechaba que la mandaran a algún mandao, para ir directa a la antigua iglesia de San Francisco. Pero cuando más lo disfrutaba era cuando, ya muy mayor, su nieto —el chico— la acompañaba. En aquellas visitas, y sin ella pretenderlo, le transmitió el vínculo tan especial que ella tenía con su virgen. Un vínculo que se remontaba al día en que nació en la vieja casa de vecinos. Aquel acontecimiento que casi pasó desapercibido en el vecindario por el evento que se desarrollaba al mismo tiempo en el antiguo templo: la bendición de la Virgen de la Esperanza.
En el viaje en el autobús que dejaría a abuela y nieto en el Punto, Pablo le pedía una y otra vez que le contase cómo era la salida de la cofradía desde la iglesia de San Francisco, cómo era el Brasil donde ella había crecido, y hasta la tristeza de los vecinos de aquel barrio cuando vieron partir a su Cristo de la Expiración y a su Virgen de la Esperanza sin saber si algún día podrían volver con «su gente». Hasta tal punto se empapaba el chiquillo de aquellas historias, que le pareció haber visto a su cristo y a su virgen a través de aquella humilde ventana enrejada de la calle Palos, o que había participado en la «operación ladrillo» que hizo posible que la hermandad pudiese contar con su propia casa de la que ya no se tendría que marchar.
Y llegado el Miércoles Santo, abuela y nieto estaban tan nerviosos que parecía que fuera la mañana de Reyes Magos. Nada más levantarse, Pablo saltaba de la cama e iba directo al cuarto de su abuela. Allí el niño cogía la vieja medalla que la buena señora tenía todo el año colgada del cabecero de su cama y la llevaba a la cocina donde ella le preparaba el desayuno a su nieto.
—¡Niño! —le reñía cariñosamente, como riñen las abuelas—. ¿Cuántas veces te tengo que decir que no cojas lo que no es tuyo?
—Es que es para que no se te olvide, abuela.
—Pues ya la estás dejando en su sitio, que ya me ocuparé de eso yo aluego. Y no corras por el comedor, no vayas a mancharte la ropa de penitente, que ya no hay tiempo de limpiarla para esta tarde.
—Sí, abuela —respondía el niño, obediente.
Así fue año tras año hasta que, siendo Pablo más mayor, cambió por unos años su hábito nazareno por la faja y el costal. Pero llegado el Miércoles Santo volvió a descolgar la vieja medalla de su abuela, pero esta vez se la guardó en el bolsillo antes de ir a la capilla.
Se quedó toda la mañana ante los pasos, contemplando el del Cristo de la Expiración dando su último aliento ante la Virgen del Mayor Dolor, y el de la Esperanza, la de su abuela, a la que él iba a «pasear» esa tarde por las calles de Huelva.
Pidió al prioste que lo dejase solo un ratito rezando, a lo cual, sabiendo lo que Pablo estaba pensando, lo dejó sólo sin decir nada. Cuando se quedó solo en la capilla, subió al banco que estaba junto al palio y dejó la vieja medalla de su abuela sobre la peana, a los pies de su virgen. Y mirándola a los ojos, le dijo:
—Ya que mi abuela ya está a tu lado, deja que este año tenga cerca su medalla.