APRENDIENDO A ESCRIBIR

Ana no se podía dormir

Imagen generada vía Gemini

Ana no se podía dormir
Ana no se podía dormir Juan A. Sánchez

Ana estaba muy nerviosa y no se podía dormir, pero no se lo quería decir a su mamá por miedo a que no la dejara salir al día siguiente, que no era un día cualquiera, era Domingo de Ramos y Ana se iba a estrenar como nazarena de la Borriquita.

En la sala de estar su abuela le había dejado preparado su traje de nazareno. Un traje muy bonito que a ella le gustaba mucho: con la túnica, que era como un vestido todo blanco, pero más bonito, su capa roja, con la que sentía que iba a poder llegar volando a la iglesia, y el cíngulo hebreo, que para ella era un «cinturón» de muchos colorines. Le habría gustado poder llevarlo al cole, pero su papá no la había dejado.

¡Qué nerviosa estaba Ana! No veía el momento de ponerse esa ropa tan especial y que su papá y su mamá la llevaran a San Pedro, donde le darían la palma con la que acompañaría al «Señor de la Burrita». Ella prefería que le dieran una de esas velas enormes, que le habían explicado que se llaman cirios, que van con la Virgen y poder dar cera a sus amigos. Pero, aunque a ella le diera un poco de coraje, son para los más mayores y no se la pueden dar todavía.

A Ana le explicaron muchas cosas el día que su papá la llevó a la casa hermandad a que le dieran su papeleta de sitio, que era un papel muy bonito donde estaba escrito su nombre y el sitio donde iba a ir en la cofradía. Ese día conoció a Rocío, una chica muy lista y muy simpática que estaba en la puerta de la iglesia con mucha otra gente rizando las palmas y que le dijeron que sería su «diputada de tramo», que es la persona que vigila y cuida a los nazarenos para que todo vaya bien, así que su papá le dijo a Ana que tenía que ser obediente y hacerle caso a Rocío y a Nacho.

Nacho era un chico que también estaría pendiente de ella, pero que no pudo conocer porque estaba en otro sitio limpiando la plata del paso de palio de la Virgen de los Ángeles. Había mucha gente haciendo muchas cosas ese día y como su papá conocía a algunos, dejó a Ana un rato con Rocío para que la ayudara con la palma que estaba rizando; Rocío le explicó que la llevaría algún nazareno de los que van en la presidencia del paso del Señor. Ana no comprendía mucho, pero Rocío le explicó eso y muchas cosas muy chulas que la dejaron ojiplática.

Todavía su papá la llevó dos días más en los que Ana conoció a mucha gente y Rocío le enseñó muchas más cosas chulas. Pero el día que más le gustó fue el día que le dieron su medalla. Tuvo que ir arreglada a una misa muy especial en la que habían puesto en todo lo alto de la iglesia con muchas flores y velas y le gustó mucho verlo tan adornado. Allá fue con su papá y su mamá y su abuela que le contaba cómo se acordaba del día en que a su papá le dieron su medalla cuando todavía era un niño y que era la misma que él llevaba puesta ese día. Su papá la miraba y sonreía mucho.

Era tan bonita que Ana no dejó que su mamá se la guardase, así que su papá se la puso en el cabecero de la cama y todas las noches se quedaba mirándola hasta que se quedaba dormida. Pero esa noche no había forma de dormirse.

De repente oyó un ruido. ¿Sería Micho jugando? Ana miró a los pies de su cama y vio que su gato no se había echado a dormir como otras noches y empezó a preocuparse. ¿Y si se había puesto a jugar con su ropa nueva de nazarena y se la estropeaba? Eso la preocupó, pero estaba oscuro y le daba un poco de miedo salir de su cuarto.

Volvió a oír un ruido misterioso que parecía venir de la sala. «Micho está en la sala y me va a estropear mi traje de nazarena», pensó. Así que ni corta ni perezosa salió muy despacio para no hacer ruido y no despertar a su mamá y a su papá. Llegó hasta la sala, pero estaba cerrada y vio que su gatito la miraba desde la puerta de la cocina donde había luz y volvió a escuchar otro ruido. Eso le dio un poco de miedo, pero se acercó a ver qué pasaba.

Iba muy calladita para no despertar a nadie y porque tenía miedo. Poco a poco se acercó a la cocina y al entrar se dio de bruces con su papá que también se llevó un buen susto y casi deja caer algo al suelo.

—¿Qué haces aquí, Ana? —le preguntó su papá recuperándose del susto.

—Es que no podía dormir —respondió ella muy nerviosa.

Entonces su padre dejó en la encimera un plato que llevaba en la mano, la cogió en brazos y sonrió.

—¿Estás tan nerviosa que no puedes dormir?

Ana se quedó callada y bajó la cabeza hasta que su papá le acarició la barbilla haciendo que sus miradas se encontrasen y le dijo:

—Yo tampoco puedo dormir, ¿sabes? —le contaba mientras la cogía en brazos—. Al verte estos días ilusionada como lo estaba yo cuando tenía tu edad me empecé a acordar de muchas cosas que he revivido contigo y que echaba de menos. Pero, ¿sabes qué es lo que echaba más de menos?

—¿Qué? —preguntó ella intrigada.

—¡Qué va a ser! —respondió su padre—. Las torrijas que me hacía tu abuela. Y como este año ha vuelto a traerlas me iba a comer una, ¿quieres compartirla conmigo?

—Síííí —respondió la niña emocionada.

Y su padre puso la torrija en la mesa, se sentó con su hija sentada en el regazo y compartieron esa torrija mientras Ana le contaba todo lo que había vivido esos días, y cómo iba a ser llegar a la iglesia, y lo bonito que sería estar con su palma por el porche y por la plaza y por el paseo de Santa Fe…, y todo lo que se agolpaba en su pequeña cabecita risueña hasta que, allí sentada, se quedó profundamente dormida.

Su padre la acostó en la cama, la besó en la frente y pensó: «Quién pudiera dormirse tan fácilmente como esta chiquilla».

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Juan A. Sánchez

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