La torrija
Imagen generada vía Grok
La tarde venía algo fresca tras el incipiente calorcillo mañanero que dio la bienvenida a abril. La fragancia del azahar florido llegaba hasta la barra de la cafetería donde Natalia había encontrado un único huequecillo tras comprobar que todas las mesas estaban ocupadas. Necesitaba poder relajarse un poco tras una clase que la había dejado mental y anímicamente agotada, así que poco le importó quedarse de pie.
Había sido una clase tan poco participativa que sus alumnos lograron contagiarle el tedio por una materia que a ella le apasionaba. Desde luego sus alumnos no tenían que demostrar su nulo interés por la Historia del Arte; ella misma podía verlo perfectamente en sus miradas, tan vacías como su alma. Eso las que no estaban distraídas con la última polémica del día con la que el político de turno tratase de escurrir el bulto del último escándalo familiar o las que se pasaban la clase «matando marcianitos» —como se decía en su niñez— con el móvil.
El fresco aroma del azahar que llegaba hasta la barra era tan dulce e insistente que le sugería a Natalia que pidiese una torrija para acompañar a la menta poleo que, aún humeante, Paco le acababa de servir. Un antojo que pidió tras determinar que se lo merecía tras una lastimosa tarde de trabajo. Después de todo, le apetecía meterse algo dulce entre pecho y espalda, algo que le levantara el ánimo. Necesitaba dopamina a espuertas. «Estoy segura que esta gente no se entusiasma ni por ir de botellón», se dijo mientras dejaba caer en su infusión un chorrito de miel de la torrija nada más tenerla delante. Una manía que había adquirido de niña.
Con el tenedorcillo que acompañaba el acaramelado manjar lo dividió en cuatro partes y se metió una en la boca que ya se le hacía agua. «Ah», suspiró para sí misma. «Estos pequeños placeres de Cuaresma. Nunca entenderé que se nos prive de esta maravilla el resto del año».
Saboreó ese dulce manjar y se prometió que añadiría a su lista de compra el vino dulce, la miel y el pan necesarios para elaborar ella misma aquella delicia para su familia. Después de todo, era jueves y le tocaba cocinar. Qué más daría si además de las espinacas con bacalao que iba a preparar a su marido e hijos, los sorprendiera con unas ricas torrijas como las que le hacía su madre de pequeña.
Tomó un sorbo de su bebida para bajar aquel primer trocito mientras en su cabeza volvía por un instante a su niñez, a la primera bandeja que su madre preparaba nada más recibía la ceniza y de las que ella, su padre y sus hermanos daban buena cuenta antes de que llegase siquiera el primer domingo de Cuaresma, día en que su madre preparaba una nueva remesa al volver de la misa parroquial y que, al igual que la anterior, apenas duraba unos pocos días.
Natalia se sonrió recordando como más de una vez se cruzaba con alguno de sus hermanos camino de la cocina para «robar» alguna torrija más a aquella bandeja convenientemente tapada por un trapo de cocina que su madre ponía por encima de forma magistral para que no se empapase de miel y evitase que las moscas acudiesen con la misma prontitud que su progenie.
Tomó el segundo trozo de su torrija y lo tomó con suavidad, deleitándose con más ganas que con el primero, apenas masticándolo. Casi tenía la impresión de que se deshacía en su paladar. Aquel dulce le sabía a gloria bendita. Entonces le vino a la cabeza aquella vez, siendo muy pequeña, que fue a escondidas a por una torrija y encontró la bandeja vacía. Se quedó contrariada hasta que su padre llegó a la cocina y la sorprendió con el trapo en la mano. La pequeña Natalia pensó que la iba a reñir por haberse comido la última sin permiso. Iba a ponerse a llorar cuando su padre la besó, la cogió en brazos, la llevó a su despacho y la sentó en sus rodillas para ofrecerle compartir aquella última torrija. Resultó que la había cogido él para comérsela mientras trabajaba. Pero la compartieron y nunca, ni antes ni después, una torrija le supo tan rica como aquella.
Un nuevo sorbo le ayudó a deslizar aquella delicatesen hasta su estómago y se dispuso a atacar la tercera porción cuando Paco la interrumpió:
—Oye, Natalia. ¿Ya has sacado tu papeleta de sitio?
—Aún no. La verdad es que iba a pasarme esta tarde por la capilla, ¿por qué?
—Es que estoy muy liado en el trabajo. Ya ves que no tengo un hueco libre y me preguntaba si podías hacerme el favor de sacarme la mía y la de mi hija.
—Sin problema —respondió ella—. ¿Tú llevabas el guion de San Expedito, verdad?
—Sí. Ya sabes que lo «heredé» de mi padre hace tres años, cuando tuvo que dejar de salir de nazareno.
—Lo que me admira es que llegase a salir con esa edad, con la de horas que tenemos la cofradía en la calle. ¿La papeleta de Lucía era de cirio?
—No. Miriam, la Diputada Mayor, le propuso ir de pavera en el paso de palio este año.
—Entonces mi hija se va a poner muy contenta de que su «seño» salga con ella. Y yo me quedo más tranquila de que sea ella quien cuide de los monaguillos que llevamos con la Virgen. No te preocupes que mañana te las traigo.
—No sabes cómo te lo agradezco —respondió Paco, marchándose a atender a otros clientes.
Natalia se quedó pensando en aquel otro rito cuaresmal de sacar la Papeleta de Sitio. Además, ella es de las que las guarda todos los años y le constaba que su madre todavía le guardaba las de cuando ella era una mocosa de guardería, como ahora su hija pequeña.
Tomó aquel acaramelado dulce y lo llevó a la boca recordando a su chiquitina. «Mi niña», se sonrió. «La fiesta que hizo la primera vez que le dimos a probar una torrija hace dos años». Todavía le parecía sentir los saltitos de la niña en el regazo cuando con su manita quería coger un segundo trocito. Acababan de llegar a casa después de que toda la familia hubiese acompañado a su hermandad en la Estación de Penitencia. Bueno, casi toda, porque a Javi, el mediano, dejaron de interesarle esas cosas bien prontito.
Estaban todos aún sin desvestir sus túnicas de nazareno alrededor de la mesa de la cocina de su madre, como acostumbraban. La abuela de la pequeña «monaguilla» que se había estrenado aquel año cogió una pequeña porción de su hija, la madre de la criatura, y, a pesar de las protestas de esta, le acercó aquel «misterioso panecillo» a su nieta sin esperar la festiva reacción de la chiquilla. Al final casi deja a su madre sin probar la última torrija del año.
Se recreaba en este recuerdo cuando sintió una mano en el hombro y, al girarse, unos labios que besaban los suyos.
—Buenas tardes, cariño.
—Sergio —se sorprendió Natalia—. No te esperaba tan pronto.
—Me ha fallado el último cliente de hoy. Paco —llamó haciendo un gesto con la mano—, ponme un café con leche, por favor.
—Pues no sabes lo que me alegro —respondió ella con otro beso.
—Veo que no te has podido resistir. A tu torrija, quiero decir.
—Ya sabes —sonrió ella acariciándole la mejilla—, que hay cosas a las que no me puedo resistir.
—Tu café —interrumpió Paco—. ¿Quieres una torrija como la de tu mujer?
—No, gracias. Acabo de comer con un cliente y no me entra nada más en el estómago.
—Pero la mía no me la despreciarás —dijo Natalia acercándole pícara la última porción a su marido.
—Por ti lo que sea, vida mía —respondió él engulléndola.
Natalia observó a su marido recordando cómo se conocieron. Eran unos adolescentes y ella iba a salir de diputada de tramo en la cofradía. Era su primer año con esa responsabilidad y, al terminar una reunión del grupo, los más jóvenes decidieron acercarse al almacén de los pasos para verlos salir en el primer ensayo de costaleros. Se situaronfrente a la puerta del almacén, a una distancia prudente para no interrumpir la «igualá» en la que el capataz organiza a sus hombres por altura para que ocupen el lugar adecuado en el paso bajo las «trabajaderas» con las que lo cargarán.
Después de esto los costaleros se distribuyeron por la zona para «hacerse la ropa». Junto a Natalia se puso el «Milhoja», un veterano de la cuadrilla, junto a un muchacho alto y algo desgarbado que Natalia conocía de vista porque hasta el año anterior salía de nazareno en el mismo tramo que ella y le llamó la atención que este año fuese a salir de costalero. Se miraron, pero no se dijeron nada.
Cuando el paso salió y recorrió la plaza el grupo de diputados empezó a disolverse y cada uno se fue dispersando a sus casas. Todos menos Natalia, que se quedó hasta el final. Pero era de madrugada y le daba un poco de miedo volver sola. Pero no quedaba otra, así que respiró hondo y se dispuso a tomar el camino a casa cuando oyó: «Es muy tarde. Si quieres, puedo acompañarte para que no vayas sola». Quien le habló era el chico desgarbado de antes, que añadió:
—Me parece que vamos en la misma dirección. Si no te molesta...
—Para nada —respondió Natalia—. No me había dado cuenta de lo tarde que es. Mis padres me van a matar cuando llegue. Me viene genial que me acompañes.
Y desde entonces se llevan acompañando treinta y dos años.
—¿Qué estás pensando, cariño? —le preguntó Sergio mirándola.
—Me acordaba de la noche que nos conocimos —respondió su mujer.
—Aquella noche —sonrió él—. Pensé que me mandarías a paseo.
—Debí hacerlo. Me engañaste. Me dijiste que venías en el mismo camino e ibas en la dirección contraria.
—Es que, si no, no me dejas ir.
—Tampoco quería amargarte tu primer ensayo como costalero.
—El primero — suspiró él—. Y esta noche será el último.
—¿Qué quieres decir?
—Lo llevo pensando tiempo y ahora que Gabriel, nuestro mayor, hace unos años que me acompaña bajo el paso, he decidido retirarme. Esta noche es la «mudá» y dejaremos el paso en la iglesia para que los priostes lo preparen para el día de salida. Así que después de esta noche, solo quedará la procesión. Mi último día llevando a nuestro cristo.
—Ese día que le darás el relevo a nuestro hijo.
—Sí. Va a ser bonito que mi último año sea con él, aunque no quiero decirle nada hasta que nos recojamos.
—Estaba muy ilusionado desde chico con acompañarte. Seguro que lo va a disfrutar muchísimo, pero se pondrá triste cuando sepa que es tu último año bajo el paso.
—Es ley de vida, cariño. Ya vamos peinando canas.
—Oye, habla por ti. ¿Me estás llamando vieja? —bromeó ella dándole un cariñoso golpe en el brazo.
—Para mí tú siempre serás la chiquilla que llevaba detrás de nazareno y que me encendía el cirio cuando se me apagaba —respondió agarrándola de la cintura.
—Así que ya te fijaste en mí antes de aquella noche de ensayo.
—¿Para qué crees que arrastré al «Milhoja» donde tú estabas para que me enseñara a ponerme el costal? Él siempre se lo hacía dentro del almacén —respondió besándola de nuevo.
Natalia se levantó del taburete y le hizo una señal a Paco para que se cobrase. Pero él le respondió: «No te preocupes, mañana hacemos cuentas», así que el matrimonio salió del establecimiento y cogidos de la mano como solían y se dirigieron a la capilla disfrutando de un hermoso paseo primaveral bajo el azahar que perfumaba las calles.