La sombra del Calvario
Imagen generada vía Gemini
Aquella tarde, Raquel estaba muy enfurrufuñada. Ella no quería jugar en el parque, ella no quería leer cuentos, ni nada de lo que normalmente le gustaba hacer. Raquel lo que quería era que la llevasen a ver las cofradías como el día anterior, que disfrutó muchísimo viendo los Mutilaos o la Borriquita en la calle Bocas, donde se encontró a su amiga Ana que iba de nazarena.
Pero aquella tarde la habían castigado porque había sido un poco desobediente y, aunque al día siguiente saldría de monaguilla con la Virgen de los Dolores, aquel Lunes Santo se lo iba a pasar sin salir de la vieja casa de su abuelo, en las Colonias, a los pies del Conquero que, con el andador, el pobre hombre no podía moverse por la rebujina.
Raquel estaba mosqueada porque pensaba que no había sido tan traviesa. Bueno… Se había soltado de sus padres dándoles un buen susto, y se había puesto un poco pesada porque no le quisieron comprar un globo, ni otro coqui, ni les había dejado sentarse y tomarse un café para que se relajaran un poquito. Pero Raquel decía que no había sido para tanto, y que era terriblemente injusto, y se puso a llorar nada más llegar a la casa de su pobre abuelo hasta que se marcharon sus padres. Pero nada más.
Así que allí estaba Raquel, de brazos cruzados y teniendo que ver las cofradías por la tele, que, aunque su abuelo le dijera que era más cómodo así y le dejase ver pasar el Perdón por lo alto del cabezo desde la terraza, para ella no era lo mismo; y además no había podido ver a su amiga Peña, que iba de monaguilla en el paso de misterio y le había prometido darle unas perrunillas que su abuela le había llevado de su pueblo. Ni luego a su amigo Nico, que iba de nazareno en las Tras Caídas y que le había prometido que le dejaría el cirio para que pudiese echarse cera en su bola.
Así que Raquel se pasó toda la tarde sentada sin decir ni mu hasta que vieron recogerse el Calvario por la tele y pasaron a publicidad.
—¿Quieres cenar ya, Raquelita? —le preguntó su abuelo—. Ya es muy tarde.
—Yo lo que quiero es ver las cofradías.
—Y a mí me gustaría llevarte, cariño. Pero ya ves —le dijo señalando el andador— que no puedo.
—Es que no es justo, abuelo.
—La vida muchas veces no es justa, cariño. Te entiendo muy bien.
—Tú no lo entiendes porque no te gusta la Semana Santa.
—¿Y a ti quién te ha dicho que no me gusta la Semana Santa? Tu abuela y yo íbamos a ver todas las cofradías de Huelva y las que podíamos de fuera.
» Estábamos siempre juntos hasta aquella horrible noche en que, después de que tus padres nos dieron la noticia de que venías de camino, fuimos a celebrarlo y un coche nos arrolló dejándome a mí sólo y sin poder moverme sin ese cacharro.
» Además, para que lo sepas, los dos salíamos de penitentes en la cofradía del Calvario, muy cerquita del Señor. Tu abuela llevaba una cruz, y yo iba un tramo por delante de ella con un cirio «al cuadril». Empezamos a salir hace muchos años, cuando la cofradía llegó aquí, a las Colonias.
—Pero abuelo —replicó Raquel—. Si aquí sólo está la hermandad de la Lanzada. El Calvario está en una capilla en el centro. Me llevaron a verla en el cole.
—¿Pero no sabes que el Calvario estuvo en nuestro barrio muchos años? La trajeron unos estudiantes de la universidad de la Rábida porque los demás curas de entonces no les dejaron instalarse en ninguna parroquia y don Manuel, que era un santo, les dejó empezar aquí. Por aquellos años salía sólo la Virgen de los Dolores su viernes.
» Durante muchos años en el barrio no teníamos ninguna cofradía de Semana Santa hasta que empezamos a salir con el Calvario, y fuimos los únicos nazarenos en salir de esta parroquia durante unos años. Luego sí, empezó a salir también la Lanzada el Martes Santo. Pero eso es otra historia.
—No sabía que la abuela y tú salíais de penitentes. Ni que habíais estado tan metidos en una hermandad.
—Bueno. Eso fue antes de que tú nacieras. Como don Manuel era amigo nuestro, como de casi todo el mundo, nos pidió que ayudásemos a la nueva cofradía y así tu abuela y yo acabamos involucrados, como otros vecinos del barrio. De eso hace ya más de 50 años.
» Pero, ¿sabes una cosa? Cuando llegó el Señor del Calvario al barrio, antes de que don Manuel lo bendijera, pasó una noche en una casa. ¿Sabes qué casa era?
—No —respondió la niña, intrigada.
—En esta. Don Manuel me pidió que lo tuviese en mi casa hasta que lo llevaran a la parroquia y pasó aquí todo un día y toda una noche.
—Entonces —dijo Raquel con los ojos abiertos como platos—, ¿el Cristo del Calvario estuvo en esta casa?
—En la habitación donde tú te acuestas. Por eso iba a verlo a la parroquia siempre que podía.
—¿Y sigues yendo a visitarlo en la capilla de ahora?
—Cuando puedo, que es muy poco —sonrió—. Pero, de todos modos, Él viene a verme cada Lunes Santo cuando pasa por mi puerta.
—Abuelo —respondió la niña un poco decepcionada—. El Calvario no pasa por aquí y ya se ha recogido. Acabamos de verlo en la tele.
—¿Eso crees? —preguntó el abuelo, mirando el reloj y cogiendo su andador—. Ven conmigo.
Y Raquel siguió a su abuelo pensando que se había vuelto loco o que quería gastarle una broma.
Salieron a la calle. No había nadie y una brisa que llegaba de la marisma hacía que tuvieran un poco de frío. Todo estaba en silencio. Solo se oía un poco de viento y las bandas que acompañaban los pasos del Perdón alejarse por el Conquero. Hasta que se hizo el silencio y se empezó a oír un sonido que Raquel reconoció en seguida como el rachear de un paso desplazándose en la noche. Pero no podía ser. Por allí no pasaba ninguno. Y menos en silencio.
De repente, en la pared de la casa de su abuelo vio una sombra. La sombra de algo que no estaba allí. Allí, delante de ella, estaba viendo pasar la sombra del Señor del Calvario delante de la casa de su abuelo. Lo estuvo mirando hasta que desapareció por la esquina.
—¿Ves? —le dijo su abuelo poniendo la mano en el hombro de la niña asustada—. Durante años tu abuela y yo le acompañamos cada Lunes Santo. Ahora él me devuelve la compañía. Siempre está conmigo. Pero esta noche lo hace de un modo muy especial.
» Hace años que marchó del barrio de las Colonias. Pero esta noche vuelve para decirme, un poco más fuerte que de costumbre, que él siempre está conmigo.
» Su visita me recuerda que, aunque la vida a veces sea injusta -como tú dijiste antes- él está a mi lado para ayudarme a llevar la cruz de no poder andar como antes, de haber perdido a mi compañera de vida hasta que nos reencontremos en el cielo. O de que mi nieta sea una protestona porque ayer se portó mal y hoy no la han llevado a ver las cofradías.
» Cariño —añadió tiernamente—. Tienes toda una vida por delante para ver cofradías o lo que tú quieras. Unas veces las cosas saldrán bien y otras, no. Y habrá veces que nos harán daño. Pero Él nunca. Lo pasó mal antes que nosotros llevando esa cruz tan grande y no se olvida de nosotros. Nunca olvides esto, Raquelita.